En el año 1905, París fue escenario de uno de los episodios más lamentables de la historia moderna: la existencia de un zoológico humano. En este tipo de exhibiciones, comunes en Europa y América durante los siglos XIX y XX, personas de distintas etnias —principalmente africanos, asiáticos e indígenas de América— eran presentadas como atracciones exóticas para el entretenimiento de los visitantes.
Estos “zoológicos” buscaban representar a las comunidades indígenas como “primitivas” o “salvajes”, alimentando narrativas racistas y colonialistas. Las personas eran trasladadas desde sus territorios natales y exhibidas en entornos recreados que simulaban sus hábitats, acompañados de vestimentas tradicionales y objetos culturales.
El objetivo, disfrazado de interés antropológico, era reforzar ideas de superioridad racial en la época. Estas prácticas eran promovidas en exposiciones universales y ferias internacionales, llegando a atraer millones de espectadores. Uno de los casos más recordados es el de Ota Benga, un joven congoleño que fue exhibido en una jaula junto a chimpancés en Nueva York en 1906.
Aunque estos eventos hoy son considerados una grave violación a los derechos humanos, son un recordatorio de cómo los prejuicios raciales y culturales fueron legitimados en la historia reciente. Reconocer este pasado es esencial para evitar repetir los errores que deshumanizaron a miles de personas bajo el pretexto de la curiosidad científica o el entretenimiento.