Myanmar vive una de las peores tragedias de su historia reciente tras el sismo de magnitud 7.9 que sacudió al país, dejando un saldo de al menos 2,056 personas fallecidas, 3,900 heridos y más de 270 desaparecidos, según reportes oficiales del Consejo de Administración Estatal de Myanmar.
El terremoto, cuyo epicentro se ubicó en una zona de alta vulnerabilidad, ha dejado a su paso un escenario de destrucción y caos. Viviendas, edificios públicos e infraestructura han colapsado, mientras que miles de personas permanecen atrapadas bajo los escombros, aumentando la angustia de los equipos de rescate que trabajan contra el tiempo.
A pesar de la magnitud de la tragedia, la información que fluye desde Myanmar sigue siendo limitada debido al hermetismo del gobierno militar, que mantiene un férreo control sobre los medios de comunicación desde el golpe de Estado de 2021. Esta situación ha generado incertidumbre respecto a la verdadera dimensión del desastre y las condiciones en las que se encuentran los damnificados.
Fuentes cercanas a organismos internacionales y medios independientes afirman que la situación es crítica y que las condiciones humanitarias se deterioran con el paso de las horas. La falta de acceso a servicios básicos, el colapso de hospitales y la escasez de recursos han agudizado la crisis, mientras la cifra de víctimas fatales sigue en aumento.
Equipos de rescate locales e internacionales han tratado de brindar asistencia, pero las dificultades logísticas y la falta de transparencia en la información oficial complican los esfuerzos. Mientras tanto, la comunidad internacional observa con preocupación el desarrollo de esta tragedia y la respuesta del gobierno de Myanmar ante la catástrofe.